¿Cabeza o corazón? No, cerebro interactivo

 

¿Cuántas veces has escuchado o has utilizado la expresión “cabeza o corazón”? ¿Cuántas veces, tomando una decisión, has pensado: “Haz caso a lo que te dice el corazón”? O por el contrario:Escucha a tu cabeza, aunque el corazón te diga lo contrario”.

Pues bien, estas afirmaciones y creencias populares no son del todo de esta manera. Tu corazón no tiene la capacidad de pensar ni de sentir, sus funciones son otras. ¿Pero entonces a qué te refieres cuando notas cierta diferencia entre “pensar” y “sentir”? ¿Dónde se sitúan ambos procesos? ¿Por qué conoces personas que catalogas como emocionales – ya que suelen dejarse llevar – y otras que consideras racionales porque actúan de una manera más lógica y/o menos impulsiva?

Lo cierto es que ambos procesamientos conviven en nuestro cerebro de manera interactiva, aunque es posible que, en algunos casos, el procesamiento emocional predomine frente al cognitivo-racional o al revés.

El sistema límbico

¿Alguna vez, yendo en el autobús, alguien llevaba el perfume de un antiguo amor y de inmediato te ha teletransportado a él sin poder, si quiera, pararte a pensar a qué te recordaba? O estás en un bar y de repente suena una canción que fue la banda sonora de un momento especial, y te ves allí reviviéndolo con todo detalle. Pues bien, en ese preciso momento, estás sintiendo lo que el sistema límbico se encarga de evocar a partir de los estímulos sensoriales que recibe.

 

El sistema límbico es el nombre que reciben el conjunto de estructuras cerebrales interconectadas que están involucradas con la emoción, la percepción sensorial, la motivación, los ritmos circadianos y los recuerdos. Además, el sistema límbico es de las partes más primitivas de nuestro cerebro y en él residen los impulsos básicos (evitación, agresividad…), las necesidades vitales y los instintos.
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Algunas de sus estructuras de mayor relevancia en el procesamiento emocional de la información exterior son la amígdala y el tálamo.

El tálamo es la estructura cerebral encargada de percibir estímulos a través de los sentidos. Así, la información del exterior captada por tus sentidos llega a tu cerebro gracias a él. Por su parte, la amígdala es la encargada de detectar emociones como el miedo, la ira o el enfado y de provocar a su vez una reacción, en la mayoría de casos, de forma impulsiva. En ciertos estudios se ha observado como personas con una lesión en la amígdala dejaban de producir respuestas electrodérmicas a estímulos emocionales (Bechara et al., 1995). De este modo, la amígdala podría definirse como una estructura necesaria para que pueda producirse una asociación entre los estímulos sensoriales y la respuesta emocional.
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La corteza prefrontal

Pero, ¿y la parte racional de todo esto? ¿Qué pasa con las personas que viven con menor intensidad el revivir un recuerdo del pasado o sentir ciertas emociones?

Cuando relativizas un miedo, cuando analizas un sentimiento barajando pros y contras, cuando contextualizas un recuerdo o cuando adecuas una conducta a la situación presente sin dejarte llevar por el impulso emocional, tu corteza prefrontal está trabajando duro.

La corteza prefrontal es la parte más anterior del cerebro, situada justo detrás de tu frente. Y se encarga de elaborar respuestas más complejas y menos primitivas a estímulos y emociones. Nos brinda la característica de ser seres racionales.

Además, recibe y envía información desde el sistema límbico, es decir, está conectada con él y de esta forma modula la conducta interpretando de una manera más racional la información emocional y los estímulos sensoriales percibidos.

Una lesión en esta área puede provocar – dependiendo de la zona concreta afectada – desinhibición, conductas sociales inapropiadas, irritabilidad, conductas perseverantes, hiperactividad, apatía y depresión.

Cerebro interactivo

A pesar de que existan dos vías de procesamiento de la información, no sería cierto afirmar que los dos procesos ocurren de manera diferenciada e independiente. O uno u otro. No.

La verdad es que, como todo lo que ocurre dentro de nuestro cráneo, el sistema límbico y la corteza prefrontal están interconectadas y las dos estructuras son moduladas mutuamente. Así, la amígdala recibe conexiones del tálamo y a su vez de la corteza, pudiendo modificar su actividad.  Este conjunto de proyecciones, tanto talámicas como corticales, hacia la amígdala es lo que posibilita que se cree un significado a la vez racional y afectivo sobre los estímulos.

Mediante las conexiones entre el tálamo y la amígdala se crea un significado afectivo del mundo que nos rodea mientras que a través de las conexiones límbico-corticales se produce un significado racional complejo y ambos conviven.

Por último, una posible explicación al por qué primero sentimos y después pensamos o razonamos, sería el hecho de que la vía tálamo-amigdalina es más corta y se activa antes que la límbico-cortical.

Así, los estímulos sensoriales sencillos activarían primero los circuitos emocionales, preparando al cerebro para recibir la información más compleja y elaborada procedente de la corteza y, entonces, darle un significado más complejo y racional (LeDoux, 1989).

 

Ya sabes: tanto las emociones como el pensamiento y la razón conviven dentro de nuestro cerebro y se retroalimentan.

 

 

Jessica Martín Puerta
Psicóloga General Sanitaria
Colaboradora del Centro de Psicología de Psicología Calma al Mar, en Valencia

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