Cómo pedir perdón para que te perdonen

Me han pedido perdón. Me han pedido perdón por una situación que me hizo bastante daño, la verdad. Un conjunto de insultos injustificados, descalificaciones sin propósito y una rabia letal desmedida hacia mí por no causa alguna. ¿Pero de qué vas? Es la primera reacción que se me vino a la cabeza ante ese maremágnum de insidias y aberraciones lingüísticas sin parangón, venidas de un comportamiento normal mío, tal cual, que o bien fue mal interpretado o bien cayó en un saco de nervios cuando el saco de nervios estaba a punto de estallar.

¡Pue no! ¡No tengo por qué soportar tanto coraje hacia algo que de tontería tiene la totalidad y no merezco ni de lejos. ¿Me has hecho pupa, sabes? Y no te mereces ni algo, ni un poquito, ni así lo que cabe entre mis dedos índice y pulgar, de mi atención.

Y el tiempo pasó. No mucho. Un par de días. Que yo que soy de no guardarme las cosas, ni le di un ápice de importancia al asunto en mi memoria. Y entonces llegó el correo de “lo siento”. ¿¡¡Perdona??!! ¿Y así lo arreglamos todo? ¿¿Perdooooona??  Un lo siento aséptico, breve, acompañado de tres o cuatro frases más que demostraban el arrepentimiento y que daban a entender que el menosprecio hacia mí se le había ido de las manos, y no correspondía con hechos en los que apoyarse, simplemente “comeduras de tarro”, pero a lo bruto, y sin medida. Descomunales comeduras de tarro, diría yo.

Y, nada, un “lo siento” a modo de tirita, y en paz.

Pues no, no estoy dispuesto a asentir con la cabeza,  sonreír, y actuar como si nada hubiese pasado. Porque no. Porque “lo siento” es lo que le dices a un desconocido en el metro cuando le pisas sin querer. Y lo que has hecho es moverme emociones. Cuando insultas a una persona, le mueves emociones. Y cuando la insultas mucho, y muy fuerte, le mueves emociones pero con ganas. Y un “lo siento” no es mercromina. Ni cura ni hace sentir mejor. A nadie. Bueno, a lo mejor a quien lo dice sí porque se siente con la obligación moral de pedir perdón. Pero ¡venga ya! ¿Me pides perdón y se acabó? ¿Borrón y cuenta nueva? ¡Pues no! No  porque a este juego de “hacernos daño y pedir perdón” yo no juego.

Cuando pisas, pides perdón o limpias el zapato del otro. Cuando hieres, mueves emociones. ¿Quieres que te perdone? ¿Eso es importante para ti? Pues las palabras, solo las palabras, no sirven para unir los lazos que has cortado. Algo más tendrás que hacer. Algo diferente tendrás que currarte porque decir palabras es tan fácil como respirar. O un poco más difícil. Pero no mucho más. Y lo sabes.

Quien mueve emociones (negativas, por cierto)  no recompone la situación con solamente palabras de arrepentimiento. Algo más, digo yo, tendrá que hacer. Digo yo.

Lo que pasa es que eso genera un esfuerzo y no todo el mundo está dispuesto a hacerlo, ¿verdad? Porque decir perdón es fácil, pero generar nuevas emociones, éstas positivas, implica dedicar tiempo, y pensar, pensar cómo lo puedes hacer.

Pero es el único camino, si deseas un perdón sincero es el único camino. Todo lo demás es fingir que te perdono. Para no discutir más.

Mover emociones hacia lo positivo significa que tengas detalles, que dediques tiempo a construir. Que valores, de verdad, lo que has destruido y que uses acciones reales para volver a un estado pasado. Supone esfuerzo. A veces mucho esfuerzo. Con lo cual tendrás que valorar si merece la pena hacerlo, o dejarlo pasar.

A veces es mejor dejarlo pasar. ¿Tan importante es la persona que has herido como para querer recuperarla? ¿Te merece la pena?

Hay veces en la que es mejor dejarlo como un aprendizaje más que te da la vida y pensar algo más antes de actuar, antes de escribir, antes de insultar, antes de herir, antes de molestar. Porque situaciones así te volverán a pasar a lo largo de la vida. Impulsos asesinos de vínculos movidos por el sistema límbico que todavía no sabes controlar.

Muchas religiones enseñan a quienes las profesan que hay que pedir perdón, y a veces el perdón llega solo con rezar una oración. Con todo mi respeto hacia ellas, alguien debería añadir algo más que un rezo, un buen pensamiento, una palabra amable o un gran arrepentimiento. Quizá si a ti también te han hecho daño alguna vez hayas querido que te pidan perdón con algo más que palabras. Con acciones que devuelvan las emociones positivas a su sitio. Y digo acciones.  Y digo que generen e-mo-cio-nes positivas. Para llegar a pensar que esa persona vale realmente la pena. 

Fernando Pena
Psicólogo
fernando@cop.es
@Psicoteca

 

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