Esto es lo que causa tus atracones de comida

 

Has llegado al teatro un poco antes. Sabes que va a estar lleno, como todas las veces que actúa esa compañía de teatro. Y más que hoy la función es gratis.

Es temprano, pero cuando accedes a la sala ves que casi toda está llena ya. Encuentras, por suerte, una fila entera que está vacía, así que te sientas hacia el medio. Al cabo de un rato se te acerca un hombre de mediana edad, con aspecto algo nervioso. Te dice que por favor le guardes tres sitios que está fumando fuera con dos amigos.

Quieres decir que no te meta en ese marrón, pero no encuentras las palabras. Un poco a regañadientes accedes a guardarle los tres sitios, pidiendo con un poco de timidez que no se retrase más de cinco minutos.

La sala se llena enseguida. La gente se acerca a las butacas que tú has reservado y sigue su camino buscando sitio.

Cuando ya queda muy poco para que comience la función ni ese hombre ni sus acompañantes dan señales de vida. Las butacas con prendas tuyas a modo de cartel de “reservado” son ya las únicas que quedan en todo el teatro.

Mucha gente se tiene que ir por no tener sitio. Giras la cabeza y les ves marcharse.

La ansiedad te sube.

  • Tendría que haber dicho que no – piensas – ¿Por qué me he metido en esto?

Te sube la ansiedad. Más.

Las luces se apagan. Empieza la función. Recoges tus prendas con un poco de disimulo. Y vergüenza.

Los actores empiezan con fuerza sobre el escenario. En las primeras frases ya sueltas una risa. Pero esa tensión interior no se va.  Sigue.

A los 15 minutos llega ese hombre con sus acompañantes y ocupan los sitios que habían quedado vacíos junto a ti. Ni les miras a la cara, para que entiendan tu odio.

Con cada escena susurran entre ellos. Es algo ya insoportable. Tu atención salta continuamente entre los diálogos y la conversación que tienen entre ellos en sus butacas. Pero no les dices nada y tus miradas cortantes como la hoja de una navaja no llegan a entenderse en la penumbra del patio de butacas.

Termina la obra y sales sin despedirte. Vas dirección a casa, con la vista saltando entre la pantalla de tu móvil, los coches y las personas con las que te cruzas por la calle, para no chocarte.

Cuando llegas a casa dejas el abrigo sobe el sofá, te acercas a la despensa y abres la bolsa del pan. Coges la punta, acompañado de un trozo de fiambre.  Masticas y tragas. Al terminar echas mano de la bolsa de las magdalenas. Con un vaso de leche. Mojas. Tres más. Pasas al queso. Con membrillo. Te encanta. Sabor dulzón. Otro trozo más, con pan. Hasta que todo el queso se termina. Continúas solo con el membrillo. Y pan. Un yogurt. De fresa. Aunque el de piña tiene muy buen aspecto también. Luego, el de piña. No llegas a terminarlo. Ves la tableta de chocolate. La mente no piensa. O no sabes en qué piensas. Lo abres. Una onza. Otra. Pierdes la cuenta en la última fila de onzas, que envuelves y dejas en la despensa. Otro vaso de leche, y la dejas en la nevera.

 

Este es un ejemplo habitual de casos que nos llegan a consulta con atracones de comida. En muchos de estos casos el motivo está bien definido. Se trata de no saber reaccionar a situaciones sociales en donde se tiene una exigencia sobre el individuo que no puede, o no sabe resolver. Por lo tanto, se frustra y la ansiedad le lleva a repetir un ritual conocido: el atracón.

En estos casos vemos que el motivo del atracón es una carencia de habilidades que dirigen a la mente a un ritual que en un pasado ha sido asociado repetidas veces con bienestar.

La forma de actuar que tienen casi todas las familias con respecto a la comida de sus hijos genera, en el acto de comer mucho, un reforzador positivo que impacta en la mente de los niños durante muchísimos días consecutivos. Justo en el momento que el cerebro del niño se está desarrollando. Estos padres y madres premian al niño o niña con halagos cuando se terminan toda la comida, o comen en abundancia: “Qué buen chico eres”, “así me gusta”, “muy bien, campeón/a, y de premio por habértelo terminado todo te voy a dar ¡unas natillas!”. El cerebro absorbe también las discusiones y los malos ratos asociados a no comer mucho. Si algún día no te terminas el plato, es posible que: “no te levantas hasta que no te lo termines todo, aunque tengas que pasar la tarde frente al plato”, o “Me tienes harto, ¡¡acábatelo ya!!, ¡¡me estás haciendo sufrir un montón!!, o incluso “¡Como no te lo termines ya verás cuándo llegue el papá cómo se va a poner!”.

Un día, otro día, otro día. Un mes, otro mes, otro mes. Un año, otro año, otro año. El cerebro se configura con unas conexiones neuronales claras de: “Si comes mucho, te vas a encontrar bien”.

Y cuando llegas a tu vida adulta, todos pasamos por situaciones que nos sobrepasan. Situaciones en las que no sabemos reaccionar. Que nos frustran. Nos duelen. Nos hacen sentir inseguros. Y el cerebro va a buscar seguridad. Va a buscar meterse en una situación que tenga asociada al bienestar. Y la tensión del estómago, la saciación intensa, ha estado durante muchos años asociada a “todo me va bien cuando me siento así por dentro”.

Tu mente te lleva a algo que ha asociado como “situación de protección” para no enfrentarse a las dificultades de la vida adulta.

Tu mente te devuelve a la niñez y actúas como un niño o una niña buscando la seguridad en la comida, por no saber enfrentarte a situaciones en las que tienes que actuar como un adulto o una adulta.

Por eso, en consulta trabajamos para ayudarte a encontrar qué situaciones te generan esa tensión emocional que te lleva al atracón. Qué frustraciones, traumas o complicaciones no estás sabiendo resolver como un adulto, y por qué no lo haces. Qué es lo que está haciendo que tu mente quiera volver a una situación infantil.

Tras analizar las situaciones de las que estás huyendo, realizamos un entrenamiento en habilidades y técnicas para resolver esas situaciones de una forma madura. Son las técnicas habituales con las que trabajamos los psicólogos en consulta. Y no son difíciles de aprender. Como cualquier aprendizaje, solo requiere dos cosas: conocimientos (que te los damos en consulta) y aplicación práctica sostenida (que es la práctica que te vamos a pedir que hagas entre las sesiones).

Los resultados de este enfoque provocan una mejor gestión de las situaciones difíciles, y que el adulto tenga un comportamiento adulto cuando se le requiere.

La mente de la persona con atracones puede mantener durante muchos años ese deseo de atracón. Al fin y al cabo, piensa cuántos años de infancia ha estado aprendiendo que llenarse mucho es bueno. Sin embargo, con el tratamiento, la persona es capaz de controlar los impulsos que le llevan a comer mucho y sustituirlos por otro comportamiento mucho más sano.

Al fin y al cabo, el proceso de maduración que has tenido en tu vida hasta este momento consiste en buena parte justo en este mismo proceso: Saber sustituir los impulsos que te salen por otros comportamientos que aprendes, que son más adecuados para ti.

Termino con este ejemplo que lo muestra:

Hace unos años impartí una formación en atención al cliente para cajeras de supermercados del Grupo Dinosol. Una cajera me comentó que, en una ocasión, fue felicitada por su encargado por una reacción que tuvo con una clienta enfurecida. En esa ocasión, la cajera estaba pasando la compra de esa señora por la caja, cuando la señora se molestó muchísimo por algo. Con mucha rabia, la clienta sacó de una bolsa un pulpo que estaba comprando, lo agarró con fuerza y se lo lanzó a la cara a la cajera. La cajera apartó el pulpo de su cara, y se fue al baño a limpiarse pidiendo a otra cajera que ocupase su puesto.

La reacción natural que tendría una persona cuando es atacada de esa manera, es lanzarle de vuelta el pulpo a la clienta, o chillarle, o darle una bofetada, o empujarla. Sin embargo, la cajera fue felicitada luego precisamente por saber controlar este impulso y sustituirlo por: abandonar el “campo de batalla”. Sin duda, si la cajera se hubiese peleado con la clienta hubiese sido muy perjudicial tanto para ella como para la propia empresa. Saber elegir el comportamiento con mejores resultados es algo propio de gente madura.

Si necesitas ayuda con un problema de alimentación, es maduro que no dejes pasar más tiempo. Llevas ya demasiado tiempo. Pide cita y déjate asesorar. Llámanos.

 

Psicólogo Fernando PenaFernando Pena

Psicólogo con consulta clínica privada y profesor de Psicología Clínica en el Instituto Europeo de Formación de Formadores. Director del Máster de Psicología Clínica de la AEPCCC en Valencia. Responsable del consultorio psicológico del periódico Las Provincias. Asesor de psicólogos sanitarios para la Agencia de Publicidad AMA.

E-mail: Fernando@cop.es
Twitter: @Psicoteca

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