¿Nos preocupamos demasiado?

Podemos definir una preocupación como una cadena de pensamientos e imágenes, relativamente incontrolados, cargados de afecto negativo. Representa un intento de solución mental de problemas sobre un tema cuyo resultado es impredecible y que conlleva la posibilidad de una o más consecuencias negativas (Borkovec, Robinson, Pruzinsky y Depree, 1983).

Te puedes encontrar con otras definiciones, por ejemplo Vasey y Daleiden (1994) nos presentan una definición más orientada a niños y adolescentes. Presentando la preocupación como un “proceso rumiativo de anticipación cognitiva, principalmente de pensamientos verbales relacionados con resultados de posibles amenazas y sus potenciales consecuencias” . Sin embargo, todas coinciden en que se trata de un proceso orientado hacia el futuro. Una manera compleja de orientarse y ocuparse del futuro.

Como puedes observar, las preocupaciones están presentes tanto en los niños como en los adultos. Sin embargo, podemos encontrar diferencias entre ellos, ya que tanto los contenidos como los procesos cognitivos dependen de la etapa de desarrollo cognitivo alcanzado. Es decir, tus preocupaciones se van haciendo más complejas y abstractas conforme vas creciendo.

Así, se ha encontrado que el principal contenido de las preocupaciones en población general es sobre los aspectos socio-evolutivos o interpersonales, aunque en determinadas épocas este contenido puede variar. Por ejemplo, en personas mayores destacarían las amenazas a la salud y la autonomía personal (Diefenbach, Stanley y Beck, 2001; Montorio, Nuevo, Márquez, Izal y Losada, 2003; Person y Borkovec, 1995).

 

¿Por qué la preocupación es tan frecuente en nuestro medio social?

Para saber porque es tan frecuente la preocupación antes debemos responder a la siguiente pregunta ¿por qué nos preocupamos? En relación a la utilidad de preocuparnos debes tener en cuenta que hay un aspecto cultural muy importante.

Probablemente desde pequeño has escuchado como se presenta la preocupación como una cualidad positiva frente a la despreocupación, que rápidamente relacionamos con la irresponsabilidad o la negligencia. Así, preocuparte te haría sentir una persona responsable, que le preocupa cómo van a salir las cosas, como están los demás…Esto nos lleva a la creencia cultural de la efectividad del preocuparse. Creer que al preocuparnos estamos haciendo algo BUENO, algo ÚTIL para solucionar o afrontar una situación. Hay por lo tanto una creencia en la utilidad de las preocupaciones que en gran medida contribuye a que lo percibamos como algo positivo y lo volvamos a hacer en futuras ocasiones.

 

Pero, ¿Dónde está el límite entre la preocupación cotidiana y la preocupación patológica?

En relación a este aspecto nos encontramos con una gran controversia acerca de si son dos procesos cualitativamente diferentes o si se trata de una diferencia cuantitativa y ambos tipos de preocupación son sólo los polos de un continuo.

Hay evidencia que apoya la idea de la preocupación como un continuo, por ejemplo los estudios dirigidos a analizar la diferencia entre personas con alta o baja preocupación. De esta manera, la preocupación patológica se encontraría en un polo, relacionándose con la ANSIEDAD elevada, el malestar emocional o la baja efectividad en resolver los problemas cotidianos. Autores como Davey, destacan que se vuelve problemática cuando convertimos la preocupación en la manera de solucionar la mayoría de nuestros problemas, aunque tengan consecuencias negativas. Mientras que en el otro polo se relacionaría con funciones como la previsión de amenazas potenciales y la preparación para afrontarlas (Davey, 1994; Ruscio, Borkovec y Ruscio, 2001).

Siguiendo el DSM nos encontramos que las preocupaciones forman parte de uno de sus diagnósticos, el Trastorno de Ansiedad Generalizada. Sus principales características son la ansiedad y la preocupación excesiva. La persona presentaría una dificultad para controlar dichas preocupaciones que se prolongan en el tiempo, mínimo 6 meses. Además, nos presenta otros síntomas físicos que pueden acompañar a este estado de ansiedad y preocupación. Estos son: inquietud, fatigabilidad fácil, dificultades para concentrarse y tener la mente en blanco, irritabilidad, tensión muscular y alteraciones del sueño (DSM-IV-TR, 2000).

 

Y… ¿qué podemos hacer si estas preocupaciones nos abruman demasiado tiempo?

Hoy podemos encontrar con gran facilidad información acerca de que son las preocupaciones o métodos para ayudarnos a suprimirlas. Sin embargo, nos siguen acompañando en nuestro día a día.

Probablemente ya hayas experimentado que el plantearte no pensar en “algo” te lleva a pensar en ello y no dejar de hacerlo. Por ejemplo, si te digo “no pienses en un camión”, ¿Qué hace inmediatamente tu mente? Pues hacerse una imagen de un camión ¿Cómo era el tuyo? ¿Qué tamaño tenía? ¿De qué color era?…Entonces, sabiendo esto ¿Qué podemos hacer?

Vamos a imaginarnos un televisor con el botón de apagado estropeado. Estaría funcionando todo el día pero… ¿Qué hacemos cuando en ese televisor sale algo que no nos gusta, que nos provoca angustia o nos deja tristes? Si, seguro estés pensando en CAMBIAR de canal o probablemente ya lo hayas hecho. Pues bien, sabemos que es complicado dejar nuestra mente en blanco y que además si nos planteamos no pensar en algo esto nos lleva a pensar en ello pero… ¿si pensamos en otra cosa?.

 

Yésica Seijo

Psicóloga

Colaboradora del Centro de Psicología Calma al Mar, en Valencia

 

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