El duelo por quien solías ser: aceptar que cambiar también duele

A veces tu malestar no viene solo de lo que has perdido fuera, sino también de algo más difícil de explicar: darte cuenta de que ya no eres la misma persona de antes.

Puede pasarte después de una ruptura, de una etapa muy exigente, de una enfermedad, de una decepción importante, de un proceso terapéutico o, simplemente, después de vivir cosas que te cambian por dentro. Algo en ti se mueve, se rompe, madura o se reordena. Y aunque una parte de ti lo sabe, otra sigue esperando que vuelvas a ser quien eras.

A veces sigues exigiéndote desde una versión antigua de ti, la versión que podía con todo, la que tenía más energía, la que lo tenía más claro, la que soñaba ciertas cosas, la que se relacionaba de una manera determinada o la que todavía no había vivido ciertas heridas. Y ahí aparece una sensación muy desconcertante: no solo sientes que has cambiado, sino que además te cuesta aceptar que esa versión anterior ya no está.

Eso también puede vivirse como un duelo.

A veces no te das cuenta de que has cambiado porque un día lo entiendas de golpe, sino porque primero lo sientes: te notas distinta, más desubicada o menos reconocible para ti misma. Después, poco a poco, vas viendo esa diferencia con más claridad: intentas responder como antes y no te sale igual, te sigues exigiendo desde la versión de ti que podía con todo y, al no llegar ahí, aparece aún más la evidencia de que algo en ti ya no es igual.

Y, sin embargo, reconocerlo no siempre significa aceptarlo, porque una parte de ti puede seguir aferrada a quien eras y seguir tratándote como si todavía pudieras volver a ser exactamente esa persona. Y, aunque no lo parezca, esa parte de ti también intenta protegerte, aferrándose a quien eras porque soltar del todo esa versión puede hacerte sentir muy perdida.

No todos los duelos tienen que ver con la muerte o con pérdidas visibles. A veces también haces duelo por quien solías ser. Por una identidad que durante mucho tiempo te sostuvo, por la imagen que tenías de ti; por la forma en que vivías, querías, rendías, confiabas o imaginabas tu vida.

En ese proceso, a veces también se remueven tu autoestima y la forma en que te conoces, es decir, se pueden abrir preguntas de autoconocimiento que no siempre resultan cómodas, porque cambiar puede hacer que te preguntes de nuevo quién eres y desde dónde te estás mirando.

Y duele, entre otras cosas, porque cambiar no siempre se siente como avanzar. A veces cambiar implica despedirse. Implica reconocer que hay cosas a las que no vas a volver, no necesariamente porque estén mal, sino porque ya no encajan con quien eres hoy. También implica aceptar que algunas expectativas que antes te guiaban ya no te representan, aunque te cueste soltarlas.

Por eso, en ocasiones, el sufrimiento no viene solo del cambio en sí, sino de seguir intentando vivir desde unas coordenadas antiguas. Querer responder a una versión de ti que ya no existe puede generar mucha presión, mucha confusión y una sensación constante de no estar a la altura. No porque estés fallando, sino porque quizá te estás midiendo con una vara que pertenece a otra etapa de tu vida.

Puede dolerte haber cambiado, puede dolerte echar de menos a quien fuiste, incluso sabiendo que esa versión de ti también tenía sus límites, sus heridas o sus cegueras; puede dolerte notar que ya no eres la persona que imaginabas que serías. Y nada de eso significa que estés peor o que hayas retrocedido. A veces solo significa que estás atravesando una despedida silenciosa, una pérdida que no siempre se entiende desde fuera, pero que por dentro se siente muy real.

Quizá una parte importante del proceso no sea intentar volver a ser quien eras, sino preguntarte con más honestidad quién eres ahora. Qué necesita esta versión de ti, qué expectativas ya no tienen sentido, qué partes del pasado sigues intentando sostener aunque ya no te hagan justicia. Y qué espacio puedes darte para mirar este cambio no solo como una ruptura, sino también como una transición que merece tiempo, lenguaje y cuidado.

A veces ayuda empezar por algo sencillo pero difícil a la vez: poner nombre a lo que estás perdiendo. No siempre estás solo “raro”, “desubicado” o “menos tú”; a veces estás despidiéndote de una etapa, de una forma de funcionar o de una imagen de ti con la que habías construido muchas expectativas y experiencias.

Quizá puedas preguntarte: ¿qué es exactamente lo que echo de menos de quien era antes? ¿Era realmente esa versión de mí la que necesito recuperar, o lo que echo de menos es lo que sentía entonces: más claridad, más seguridad, más energía, más dirección? ¿Sigo exigiéndome como si aún estuviera en aquella etapa? ¿Me estoy tratando como si no hubiera cambiado nada?

También puede ayudar revisar desde qué versión de ti te sigues exigiendo, porque en ocasiones no es el presente lo que más duele, sino seguir midiéndote con reglas, ritmos o ideales que pertenecen a otra etapa de tu vida. A veces la pregunta no es solo “qué me pasa”, sino también “quién es la persona que me estoy obligando a seguir siendo”, “a qué versión de mí le sigo intentando responder” o incluso “qué expectativas sigo arrastrando que ya no encajan con quien soy hoy”.

Y, poco a poco, darte permiso para no entenderlo todo enseguida ni pedirte adaptarte sin dolor, ya que algunos cambios no necesitan resolverse u ordenarse de inmediato, sino ser reconocidos, sostenidos y atravesados con más paciencia. A veces también puede ayudarte decirte algo como: “tiene sentido que esto me duela”, “no estoy fallando por no ser la misma persona”, “quizá no necesito volver a ser quien era, sino empezar a conocer quién soy ahora”.

Porque a veces aceptar el cambio no consiste en celebrarlo enseguida, sino en darte permiso para llorar lo que dejas atrás mientras empiezas, poco a poco, a conocer quién eres ahora.

María López Ribes
Psicóloga colaboradora del Centro de Psicología Calma Al Mar

Comparte en: Facebookredditpinterestlinkedinmail

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *