Superando una ruptura amorosa con el cerebro

Todos hemos sufrido algún desengaño amoroso que ha acabado en una dolorosa o traumática ruptura (en el peor de los casos). Pero no todos sabemos cómo superar una ruptura.

De hecho, es un acontecimiento que nos deja una cicatriz en el corazón. Sin embargo, cómo sobrellevamos el duelo y desapego de nuestra (ya ex) relación es decisivo en el proceso de cicatrización emocional. Hay incluso ocasiones en las que tenemos que acudir a la ayuda de un profesional, ya que la cicatriz no está en nuestros corazones, sino en nuestros cerebros.

Las  emociones son para el cerebro una visita a un parque de atracciones. Y el amor, concretamente, es la montaña rusa que más excitante que existe. De hecho, lo es literalmente. “Cuando las personas se enamoran sucede algo en el cerebro. Alguien, de repente, acampa en tu cabeza” describe la antropóloga y bióloga Helen Fischer.

Cuando el cerebro se enamora libera una cascada de componentes químicos entre los que se encuentra adrenalina, noradrenalina (involucradas en las respuestas de estrés, motivación, foco de atención y conducta sexual) y dopamina (neurotransmisor del placer). Estas moléculas provocan que nuestro cerebro centre nuestra atención en la persona amada, sintamos tan nerviosos (por el efecto de la noradrenalina y adrenalina) como emocionados y felices al verla (por el efecto de la dopamina). Como consecuencia, nuestro cerebro acaba obsesionado con la persona que le provoca tal “subidón” químico.

Tan fuerte es su efecto, que la Neuropsicología ha descrito sus efectos cognitivos como una especie de “síndrome transitorio en el lóbulo prefrontal”, la zona del cerebro que se encarga de las funciones cognitivas superiores. Esta evidencia científica justifica el “atontamiento” propio del enamoramiento. Los primeros estadios del amor provocan un menor control cognitivo en la capacidad de planificación y resolución de problemas, déficit en la codificación de la información y el sesgo de respuesta. Además, intensifica la aparición de emociones negativas a través de las respuestas de ansiedad y estrés, que disminuye a medida que se consolida la relación.

Esto sucede entre los primeros 10 y 15 meses de relación. Tras este periodo de tiempo, los niveles de deseo, estrés, nerviosismo e inquietud por la relación se reducen, y por lo tanto, también el cóctel neuroquímico inicial. Es entonces cuando empiezan a liberarse otras neurohormonas como la serotonina (hormona de la felicidad), la oxitocina (hormona del amor) y la vasopresina (molécula que aumenta el vínculo y reduce el deseo sexual), que indican el afianzamiento de la relación amorosa a través del vínculo de apego entre los enamorados. Este cóctel químico fomenta la confianza, el vínculo (oxitocina y vasopresina) y la satisfacción emocional (serotonina) presentes en esa fase del amor.

La persona de la que nos enamoramos es la responsable de toda la liberación de este complejo cóctel cerebral. El problema de este cóctel es que, como una bebida alcohólica (o cualquier tipo de droga), tiene un alto potencial adictivo debido al papel de la dopamina. Esta molécula es el principal neurotransmisor relacionado con las conductas placeras y la repetición de éstas. Interviene en el consumo de drogas y su adicción, en los juegos de azar y en el enamoramiento.

En cierto modo, para nuestro cerebro, el amor es una droga. E incluso se ha demostrado que el amor también tiene “nicotina”: la feniletilamina, compuesto que se encuentra en los cerebros enamorados. Esta molécula se responsabiliza del sentimiento de amor, sobreexcitación fisiológica, emocional (euforia), la pérdida del apetito y la falta de sueño de las primeras fases del amor.

No es de extrañar que una ruptura genere, al igual que el fumador que está dejando su vicio, un cuadro de abstinencia. “En el desamor, igual que cuando una persona es adicta a la droga, las consecuencias de la adicción son tan fuertes que pueden desembocar en graves conductas depresivas y obsesivas” concluyen los estudios realizados en el Colegio de Medicina Albert Einstein de Nueva York.

Este síndrome de abstinencia lo conocemos comúnmente como “duelo” y puede ser un jaque para nuestra salud psicológica si no se trata debidamente. Ya que en este caso, el proceso de duelo constituye un proceso de “desintoxicación” de la droga que ya no podemos volver a consumir. No es de extrañar que, al igual que para desengancharnos de una adicción, necesitemos la ayuda de un profesional durante nuestra ruptura amorosa.

Aunque de la misma forma que la ciencia explica cómo se inicia el amor y cómo afecta el desamor en nuestro cerebro, también nos habla sobre cómo podemos mantenerlo. La doctora Fischer explica que “Hay tres regiones cerebrales que se activan cuando uno está en una relación prolongada y amorosa. Una región vinculada con la empatía, una vinculada con el control del estrés y las emociones y una vinculada con lo que llamo la ‘ilusión positiva’, la capacidad de pasar por alto lo que a uno no le gusta de otro y de concentrarse en lo que sí le gusta”. Por lo tanto, la “receta” para un matrimonio feliz es la manifestación de empatía, el control emocional y concentrarse en los aspectos positivos de la pareja en lugar de los negativos.

La cocina es un arte difícil de dominar, y aunque la ciencia y la experiencia nos den buenas pautas para mejorar nuestra receta, el amor es un plato muy complicado de dominar. Por ello, para aprender cuáles son todos los ingredientes del amor y cómo cocinarlos debidamente (sin quemar la cocina en el intento), es recomendable buscar asesoramiento por parte de un profesional. Y no hay mejor opción que el entrenamiento en el arte del amor con un curso para parejas.

Normalmente la ayuda e intervención psicológica se busca tras la ruptura, si se busca antes, podemos evitar que se hunda el Titanic de nuestra relación.


Amparo Luján Barrera

Psicóloga especializada en Neurociencia por la Universidad de Valencia

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